En el verano de 2006, una secretaria de dirección de Coca-Cola en Atlanta, Joya Williams, decidió que la información confidencial que pasaba por sus manos valía más vendida que custodiada. Junto a dos cómplices, ofreció a PepsiCo documentos internos y muestras de un producto aún no comercializado a cambio de un millón y medio de dólares.
Lo que ocurrió después resume mejor que cualquier manual la esencia de este artículo, PepsiCo no compró. Avisó a Coca-Cola, Coca-Cola lo puso en conocimiento del FBI y una operación encubierta terminó con los tres implicados detenidos y condenados. La empleada fue sentenciada a ocho años de prisión.
En aquel episodio están presentes algunos de los elementos de los que trata la inteligencia corporativa, una amenaza que no venía de fuera, sino de dentro, un secreto empresarial cuyo valor justificaba protegerlo, una decisión, ética todo hay que decirlo, de un competidor, y una colaboración fluida entre empresas privadas y un servicio de seguridad interior, como es el FBI.
Ninguna de las dos compañías era un organismo de inteligencia y, sin embargo, ambas actuaron con lógica de inteligencia, valorando la información de la que disponían en cada momento y tomando las decisiones basándose en ella.
Esa lógica, trasladada al día a día de las organizaciones, es lo que hoy llamamos inteligencia corporativa.

Un primer acercamiento a la inteligencia y ciberinteligencia corporativa
La inteligencia, en su sentido más honesto, no consiste en acertar el futuro. Consiste en reducir la incertidumbre de quien tiene que tomar una decisión. Un consejero delegado que valora asociarse con un nuevo proveedor, un director de seguridad que prepara una junta de accionistas, un comité que sopesa una inversión en otro país, todos ellos deciden con información incompleta, bajo presión de tiempo y con consecuencias reales.
La inteligencia corporativa existe para que esas decisiones se tomen con la mayor claridad posible.
No hablamos de espionaje ni de métodos opacos, la inmensa mayoría del trabajo se realiza sobre fuentes abiertas, es decir, información pública y accesible legalmente, como registros mercantiles, prensa, redes sociales, boletines oficiales, bases de datos especializadas, etc.
En algunas ocasiones se cuenta con el apoyo de proveedores especializados en la materia, quienes también tienen su razón de ser en este ecosistema.
La diferencia entre buscar información y hacer inteligencia no está en las fuentes, sino en el método, definir qué necesita saber el decisor, obtener la información pertinente, analizarla con disciplina y finalmente entregar un producto claro, breve y que sirva para algo concreto, sobre todo esto último.
A ese recorrido se le llama ciclo de inteligencia, y es la columna vertebral de la disciplina, tanto en un servicio estatal como en el departamento de seguridad de una multinacional, porque al final, la metodología es similar.
Por cierto, cada vez es más habitual el uso del término “ciberinteligencia” dentro del ámbito de las unidades de inteligencia corporativa, y conviene aclarar desde ya que no hablamos de una disciplina distinta, sino de la misma lógica aplicada a un dominio muy concreto, el ciberespacio.
Allí hay que obtener información, hay amenazas que vigilar y también hay decisiones que proteger, algo que desarrollaremos en este artículo un poco más adelante.
Qué hace una unidad de inteligencia corporativa
Si hubiera que resumir su función en una sola frase, sería esta, proporcionar información, datos y/o análisis a quien los necesita para decidir. A veces nos gusta definirlo como “comprender lo que está pasando y qué puede llegar a pasar” en todo lo concerniente al organismo donde se estén desempeñando estas funciones.
Quizás al lector más purista le choque que citemos datos o informaciones como producto, pero la realidad es que la unidad de inteligencia trabaja por encargo, atiende peticiones que llegan de lugares muy diversos de la empresa y se tiene que adaptar a todo, desde realizar un brillante análisis geopolítico hasta tratar de resolver quién puede ser la persona que se encuentre tras una extraña llamada telefónica recibida por un VIP de la compañía.
En este tipo de inteligencia, las peticiones tienen una variedad enorme, y ahí reside buena parte del oficio. Un día la pregunta es aparentemente pequeña como hemos dicho, quién está detrás de un correo electrónico sospechoso que ha recibido un directivo, sin más. Otro día es de gran profundidad, qué panorama de amenazas presenta un país en el que la compañía estudia invertir, qué actores hostiles conviene vigilar en los próximos meses o qué exposición tiene la organización ante un conflicto que acaba de estallar al otro lado del mundo.

Entre un extremo y otro cabe casi todo, y la misma unidad debe saber moverse con soltura en ambas escalas, la táctica y la estratégica.
Pero por encima de la diversidad de encargos hay un cometido que lo ordena todo, o al menos debería, que es detectar amenazas. Detectarlas pronto, antes de que se materialicen, cuando la organización todavía tiene margen para actuar. Todo lo demás, las fuentes, las herramientas, los informes, está al servicio de esa misión.
Una unidad de inteligencia que solo describe lo que ya ha ocurrido llega tarde; su valor se mide por su capacidad de anticipación, por las señales/indicadores que supo ver cuando aún eran débiles y por los avisos que permitieron a la empresa protegerse a tiempo. Y ojo, que no siempre se consigue, si fuera así, no hablaríamos de una disciplina, estaríamos ante una especie de magia relacionada con la futurología.
El ámbito ciber y la empresa
Decíamos antes que cada vez es más habitual oír hablar de “ciberinteligencia”, y la razón no es otra que una realidad cada vez más presente, la de unas unidades que usan el dominio “ciber” tanto para la obtención de información como para la comprensión de las amenazas que operan puramente en el tan popular como, a veces, desconocido ciberespacio.
De esta manera, por ejemplo, se puede trabajar el ámbito del cibercrimen o el seguimiento de actores con amplias capacidades ofensivas que pueden causar daños en los sistemas informáticos de una compañía, quizás acercándose a lo que en ciberseguridad se denomina “threat intelligence” o inteligencia de amenazas.
Sea como sea, y al margen de lo que cada lector entienda por ciberinteligencia, este ámbito ha de ser un campo de trabajo obligado para cualquier unidad de inteligencia corporativa.
La geopolítica y la empresa
Entre los temas más apasionantes que toda unidad de inteligencia corporativa desea trabajar, o al menos eso parece, está la geopolítica. Es conocedor el lector del penúltimo conflicto en Oriente Medio entre Israel, Estados Unidos e Irán y sus implicaciones en las relaciones internacionales, en la economía, en la sociedad incluso.
Y es aquí donde se hace más que nunca necesaria la inteligencia en la empresa, pero con un matiz muy importante, la inteligencia corporativa no se limita a comprender el fenómeno y a su mero seguimiento, lo aterriza a amenazas y potenciales impactos para su negocio.
Por tanto, en una unidad de inteligencia corporativa no sólo existe un conocimiento de lo que sucede en el mundo, existe también, o debería existir, un conocimiento sobre cómo eso que sucede puede impactar en la organización a la que pertenece.
El profesional que hay detrás
Quien imagina al analista de inteligencia corporativa como un personaje de novela se llevará una decepción. El perfil real es más interesante. Conviven en él profesionales procedentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, de las Fuerzas Armadas y de los servicios de inteligencia, que aportan doctrina, experiencia y contactos, junto con especialistas civiles en criminología, relaciones internacionales, periodismo, derecho, económicas o informática, que aportan otro punto de vista y competencia técnica.
Lo que los une no es el origen, sino la metodología, el rigor a la hora de explotar fuentes de información, la disciplina frente a los propios sesgos, capacidad de “escribir bien” y una conciencia permanente de los límites legales y éticos del oficio.
La inteligencia es una disciplina, no una ciencia exacta, y su calidad depende en gran medida de las cualidades de quien la practica, y por eso es tan importante la formación en inteligencia.
La comunidad de inteligencia ampliada
No podrá negar el lector que, en general, cuando pensamos en inteligencia, la imagen que acude es la de los servicios estatales, y esto es una imagen incompleta.
Alrededor del núcleo oficial de cada país, en España el Centro Nacional de Inteligencia y lo que, más formal o informalmente, llamamos comunidad de inteligencia nacional, existe lo que se empieza a conocer como comunidad de inteligencia ampliada, que no es otra cosa que el conjunto de organismos y profesionales que producen o consumen inteligencia sin formar parte del Estado.
Ahí se encuentran los académicos, los investigadores y analistas, periodistas y todo tipo de profesionales que, cada vez con más peso y en distintas fórmulas, forman parte del sistema de inteligencia patrio, o al menos, esa es la idea.
Por tanto, las direcciones de seguridad corporativa, las unidades de inteligencia de grandes compañías, las consultoras especializadas y los analistas independientes forman hoy la capa privada de esa comunidad. No sustituyen al Estado ni compiten con él.
Cubren un espacio que el Estado no puede ni debe cubrir, la protección de los intereses concretos de cada organización.
Dos mundos que se necesitan
Queda la última idea, quizá la más importante. La inteligencia pública y la corporativa no son mundos paralelos, se necesitan mutuamente. El Estado no puede vigilar cada evento corporativo de interés, cada proceso de contratación ni cada fuga de información de cada empresa del país; su misión es otra.

Sin embargo, las empresas gestionan infraestructuras críticas, custodian tecnología estratégica y son objetivo habitual del espionaje económico, del activismo hostil y del crimen organizado, amenazas que sí interesan, y mucho, a los servicios públicos.
La relación debería funcionar en ambos sentidos. La empresa aporta al Estado conocimiento sectorial, capacidad de detección sobre el terreno y, como hizo PepsiCo en 2006, la primera alerta de muchos incidentes que acaban en investigación oficial.
El Estado aporta a la empresa marco legal, capacidad de actuación que ninguna organización privada posee y, a través de los canales de colaboración público-privada, avisos e información que permiten proteger mejor los activos de todos. Cuando ese engranaje funciona, gana la empresa, gana el Estado y gana la sociedad.
La inteligencia corporativa no es, en definitiva, un lujo de grandes multinacionales ni una moda importada. Es la versión empresarial de algo muy antiguo, la convicción de que las decisiones importantes se toman mejor cuando alguien se ha ocupado, con metodología, buen hacer y ética, de reducir la incertidumbre que las rodea.
AUTOR: Javier Rodríguez – Observatorio de Inteligencia y Ciberinteligencia de la Fundación Borredá
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